Jueves, 17 de febrero de 2005
Sin lugar a dudas, Baudelaire es (desde hace tiempo) uno de mis autores predilectos. Buena parte de esta consideración se debe a su capacidad innata para describir las traiciones de la mente, los deseos del alma, las pesadillas que surgen de lo tangible y lo intangible... las heridas.
Todavía no he leído la totalidad de su obra, pero no tengo prisa (aunque entiendo que mi habitual parsimonia a la hora de realizar cualquier tipo de acción pueda llegar a resultar exasperante) ; podría pasarme media vida analizando cada una de las frases y metáforas que utiliza a lo largo de sus poemas, recreándome en aquéllo que se aparece ante mí como sublime y apasionante.
Entre las obras que de este autor he leído, destacaría especialmente sus Pequeños Poemas en Prosa ; a mis ojos, todos ellos resultan excepcionales. Aunque últimamente he recuperado una de sus obras más célebres (en la que me centraré en esta ocasión ), una colección de poemas recogida bajo el sugerente nombre de Las flores del mal. Se trata de un muestrario de sentimientos equívocos y malsanos impregnados de una oscuridad crónica, de un pesimismo que abarca una amplia franja de impresiones vitales que van desde la voluptuosidad más hedonista hasta el terror y la incertidumbre del espíritu ante la certeza de la muerte.
Sentimientos en ocasiones sádicos, turbulentos, sangrientos y descarnados, se dan cita en espera de ser extraídos de su nido de ponzoña por medio de un movimiento rápido y preciso del bisturí de la venganza.
Dado mi interés por la prosa nostálgica, misteriosa y (por momentos) amarga de este autor, estoy segura de que su nombre volverá a surgir entre las futuras páginas de este pequeño cuaderno virtual.
Pero todo a su tiempo, por el momento sólo deseo destacar algunos poemas en forma de flores enfermizas y envenenadas que remiten, en última instancia, a un hastío vital ineludible en ciertos momentos de la vida. Lo haré de una manera arbitraria, ya que para la ocasión sólo me detendré a comentar dos de los temas que en el día de hoy han tocado a la puerta (cada vez más endeble) de mi memoria, aunque (en principio) no tienen nada que ver entre sí. Evidentemente, hay muchos otros poemas dignos de mención, tantos que darían para un análisis realmente exhaustivo, pero, como ya he dicho, ya llegará el momento de retomar la obra de este autor ; no desesperen.
Algunos de estos poemas tienen en común un aire crítico y desesperanzado con respecto a la figura del poeta, un ser ultrasensible que es capaz de vislumbrar lo que otros ni siquiera pueden imaginar (retomando así, en una especie de improvisada secuela, la temática que traté hace unos días). Como es habitual, este tipo de seres no suelen ser especialmente apreciados, ya que suponen un constante recordatorio de una mediocridad demasiado extendida e imposible de erradicar ; fundamentalmente por ello, el poeta (o filósofo... en estos momentos me viene a la mente la famosa alegoría de la caverna que elaboró el sabio Platón) es objeto de las burlas de los que no son ni podrían ser sus semejantes. Por ello, Baudelaire lo representa a menudo como una solitaria y torpe rara avis ; esta metáfora queda patente de una forma más que evidente en uno de los poemas que van a ilustrar esta explicación, El albatros (existen varias traducciones del poema, pero considero que la traducción que he seleccionado está entre las mejores ; al menos entre las mejores de cuantas he leído). Así, el poeta es representado como un pájaro torpe, altivo y bello cuya voluntad tropieza en alta mar con las chanzas crueles y despiadadas de aquéllos que creen estar inmersos en el lugar (la geografía interna del individuo se corresponde con la geografía del entorno real o figurado en el que se halla) más idóneo, y quizá en el momento preciso... o acaso ni siquiera se lo plantean. El poeta, abrumado por un entorno hostil, es cazado y abatido, amordazado, incomprendido y vapuleado en un momento álgido y dramático (amortiguado por el sarcasmo que lo rodea) de su existencia :
El Albatros
A menudo, por divertirse, los hombres de la tripulación
cogen albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen , como indolentes compañeros de viaje,
al navío que se desliza por los abismos amargos.
Apenas les han colocado en las planchas de cubierta,
estos reyes del cielo torpes y vergonzosos,
dejan lastimosamente sus grandes alas blancas
colgando como remos en sus costados.
¡Qué torpe y débil es este alado viajero!
Hace poco tan bello, ¡qué cómico y qué feo!
Uno le provoca dándole con una pipa en el pico,
otro imita, cojeando, al abatido que volaba.
El Poeta es semejante al príncipe de las nubes
que frecuenta la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en el suelo en medio de los abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar.
Otra temática más o menos recurrente a lo largo y ancho de esta obra hace referencia a un animal que (en poesía) suele asociarse a lo bello (por misterioso y oculto), incluso a lo perverso, debido a ese aire sensual y esotérico que desprenden sus lánguidos y astutos movimientos ; y quizá también debido a esa espiral hipnótica e inquietante que emana de la intensidad de su mirada. Me estoy refiriendo a un animal adorado por mucha gente : el gato.
Cuando leí el libro de poemas que nos ocupa, caí en la cuenta de que Baudelaire es un gran amante de los felinos, dado que dedica algún que otro poema a su descripción (ya sea para dar vida a una metáfora, ya sea para referirse a la realidad misma... o quizá a las dos cosas).
Navegando por el (no tan) proceloso mar de Internet, he hallado numerosas referencias a las descripciones que de este animal se han hecho en la literatura. Aparte de Baudelaire, hay otros poetas como Jorge Luis Borges o Pablo Neruda que han dedicado alguna que otra oda al gato.
Por otra parte, para mí este animal (o simplemente el término que lo nombra) estará siempre ligado a otro nombre, el de mi querida Bachi, amante de los gatos donde las haya ; los adora a todos por igual, sin ningún tipo de discriminación.
A ella van dedicados estos poemas que, a su vez, Baudelaire dedicó a los gatos :
El gato
Por mi cerebro se pasea,
lo mismo que por su aposento,
un bello gato, fuerte, dulce y encantador.
Cuando maúlla, apenas se le oye,
tan tierno y tan discreto es su timbre;
pero su voz, ya se apacigüe o gruña,
siempre es rica y profunda.
Éste es su encanto y su secreto.
Esta voz, que brota y que se filtra
en mi fondo más tenebroso,
me llena como un verso armonioso,
y me regocija como un brebaje.
Adormece los males más crueles,
y contiene todos los éxtasis;
para decir las más largas frases,
no necesita palabras.
No, no hay arco de violín que hiera
mi corazón, instrumento perfecto,
y que haga con mayor majestad
cantar su cuerda más vibrante,
que tu voz, misterioso gato,
gato seráfico, gato extraño,
en el que todo es, como en un ángel,
tan sutil como armonioso.
De su pelo rubio y pardo
sale un aroma tan dulce, que una tarde
fui perfumado, por haberlo
acariciado una vez, nada más que una.
Es el espíritu familiar del lugar;
juzga, preside, inspira
todas las cosas de su imperio;
tal vez sea un hada, tal vez un dios
Cuando mis ojos, hacia ese gato al que amo
y que miro en mí mismo,
atraídos por un imán,
se vuelven dócilmente,
veo con admiración
el fuego de sus pálidas pupilas,
claros fanales, ópalos vivientes,
que me contemplan fijamente.
El gato
Ven, mi hermoso gato, a mi corazón amoroso;
recoge las uñas de tus patas,
y deja que me hunda en tus bellos ojos,
mezcla de metal y de ágata.
Cuando mis dedos acarician sin prisa
tu cabeza y tu elástico lomo,
y mi mano se embriaga con el placer
de palpar tu cuerpo eléctrico,
veo a mi mujer con la imaginación. Su mirada,
como la tuya, amable animal,
Profunda y fría, corta y hiende como un dardo,
y de los pies a la cabeza,
un aire sutil, un peligroso perfume,
flotan entorno a su cuerpo moreno.
Los gatos
Los enamorados fervientes y los sabios austeros
aman igualmente, en su madurez,
A los gatos poderosos y dulces, orgullo de la casa,
Que como ellos son friolentos y como ellos sedentarios.
Amigos de la ciencia y del deleite,
Buscan el silencio y el horror de las tinieblas;
El Erebo les hubiese tomado por sus corceles fúnebres,
si se pudiera someter su fiereza a servidumbre.
Adoptan al soñar las nobles actitudes
De las grandes esfinges tendidas en el fondo de las soledades,
Que parecen dormirse en un sueño sin fin;
Sus lomos fecundos están llenos de chispas mágicas,
Y partículas de oro, cual arenas finas,
siembran sus místicas pupilas como estrellas imprecisas.
Por: Poliédrica | Material inconexo | Comentarios (6) | Referencias (0)
Cada vez escribes mejor.
(Esto no es justo!! Me dejas sin palabras y no se me ocurren comentarios mejor que este).
Bezo.
Cvalda | 17-02-2005 22:11:37
Oisss :)
Vaya pues sí que son bonitos estos poemas, qué pisiosidad.
"..su capacidad innata para describir las traiciones de la mente, los deseos del alma, las pesadillas que surgen de lo tangible y lo intangible... las heridas."
Me sé yo de otra con capacidad innata, fíjate ;)
Bachi | 18-02-2005 14:39:04
En loq ue primero me fije al ojear por a Baudelare fueron los poemas sobre gatos, y ya empezó a caerme bien.
David | 18-02-2005 19:35:45
derkon | 19-02-2005 14:06:38
Bueno, eso está bien ; está claro que en el idioma original está la esencia del texto. Pero también hay que saber apreciar la labor de los buenos traductores, y los hay realmente buenos ; no es tan fácil conservar el sentido original de un texto y (además) aportarle nuevos matices que lo enriquezcan con el cambio de idioma.
Poliédrica | 21-02-2005 10:21:21
Baudelaire siempre ha sido una de mis cuentas pendientes. Lo mismo que Rimbaud . En un momento dado mi cerebro se hizo cómodo, se dio a la ciencia y quedaron relegados en un rincón.
derkon | 21-02-2005 21:24:19
«Hablo una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes» Vicente Huidobro
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